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para
la gloria de Dios
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| El
Señor salió a mi encuentro
(Revista N° 149 - Mayo de 2005) 28 de septiembre del año 2001, día en que Cristo dividió la historia de mi vida, en un antes y un después. Sin Cristo vivía envuelta en la más fría oscuridad, soportando a diario la dolorosa angustia y soledad que había en mi corazón. Estaba sumergida en la depresión, en el llanto, en la desesperanza, me había abandonado a la infelicidad para siempre; no creía en nada ni en nadie ni siquiera en mí misma; me consideraba incapaz de progresar, de hacer algo bueno, incapaz de amar esperando siempre ser amada, no tenía aspiraciones ni proyectos, no anhelaba nada, sólo me encerraba en mi cuarto y lloraba desconsoladamente y la desesperación por ser feliz oprimía más y más mi corazón y el dolor crecía. Simplemente no vivía, era como una flor artificial, sólo parecía que vivía pero estaba muerta por dentro. Por las noches me acostaba con la esperanza de no despertar al día siguiente y al no suceder esto maldecía cada mañana por estar viva. Lo único que deseaba era terminar como sea con esa amargura que día a día se profundizaba. Por mi cabeza pasaron muchas cosas por hacer, muchos caminos se me presentaron, fáciles y atrapantes. Ninguno de ellos tomé, pero sí pensaba continuamente en la muerte. Era el camino mas rápido para acabar con todo esto. Pero el Señor salió a mi encuentro y fue él quien arrebató mi vida con su dulce amor antes de que yo lo hiciera movida por el dolor. Ese día moría a todo el mal que padecía y renacía a una nueva vida. El Señor transformaba mi flor artificial en una bella flor natural, creada por sus propias manos y, desde entonces, regada día a día por su divina gracia, protegida por su infinito amor, fortalecida por su Espíritu, limpia de cualquier bichito por su misericordia. ¡Dios comenzaba a vivir en mí!!! Y por la gran misericordia que tuvo y que tiene conmigo, no tengo más que devolverle amor por amor. Por eso cada día lo elijo a él como mi único ideal, como aquel que me da vida porque es la VIDA. Elijo sus caminos ciertos y seguros, porque él es el Camino; elijo su Palabra, porque él es la Verdad. Doy gracias a Dios por todo lo vivido en este tiempo, pero por sobre todo por todo el sufrimiento y la soledad que he vivido. De otra manera no habría conocido a Jesús. Si en mi vida todo hubiera sido color de rosa, aún hoy estaría viviendo una falsa felicidad y ¡qué pobreza la mía!!! Dios es todo para mí, Su amor sólo me basta para ser plenamente feliz. Bendito seas, Señor, ¡única alegría de mi alma!!! Testimonio anónimo |
| Una
trampa de amor
(Revista N° 148 - Abril de 2005) ¡Hola! Les escribo para dar testimonio de la obra de un Dios que nos ama infinitamente y sin condiciones. Por su gracia hace ya diez años que participo de un grupo de jóvenes de la Renovación Carismática; empecé con diecisiete años y un corazón bastante duro, tímido, cerrado. Era una persona triste y me sentía esclava de muchas cosas: del que dirán, de la moda, de la búsqueda del cuerpo perfecto. Esas esclavitudes me fueron llevando a que cada vez fueran mayores los desórdenes en la alimentación y caí en la enfermedad de la bulimia. No me amaba a mí misma, no aceptaba muchas cosas de mí, odiaba como era. Pero Dios Padre comenzó un lento tratamiento de su amor y con mucha paciencia fue cambiando mi vida. Comencé a participar de eventos masivos: Jornadas con el Padre Darío Betancourt, el Padre Andrés Dávila, el Padre Emiliano Tardif. Hice Seminarios de Vida y fui testigo de que Jesús seguía obrando de la misma manera que hace 2000 años en Palestina, sanando enfermos, devolviendo la vista a los ciegos, liberando a los oprimidos. Sin embargo creía que la sanación y la liberación eran para los otros: yo no me merecía nada de todo lo que Dios hacía en los corazones de los demás; era muy poca cosa para ello. Continuamente mendigaba amor y lo hacía sobre todo con mi familia y mi comunidad. Necesitaba ser amada y aceptada, y todo lo que hacía tenía ese fin: encontrar el amor. Pero nada llenaba ese pozo infinito que hay en cada corazón y que sólo el amor de Dios puede llenar. A medida que pasaban los años Dios iba allanando los senderos. Me dio la gracia de la perseverancia y así seguí en el grupo, muchas veces sin saber por qué; me sacó de la esclavitud de la bulimia y me fue ayudando para que me aceptara tal y como soy. En cada oración, y a través de cada canto, él iba reconstruyendo mi interioridad desordenada. En el año 2001 comencé un proceso de transformación espiritual que cambió mi vida completamente. En el mes de septiembre de ese mismo año asistí al Encuentro Nacional de Servidores Jóvenes. Por primera vez experimenté profundamente el Amor de Dios Padre y entendí cuánto me amaba. Pude creer en las palabras que tantas veces había escuchado: Dios saltaba de alegría al verme y me amaba infinitamente. Recibí un bálsamo de amor, amor que necesité llevarlo a los demás a pesar de mi gran timidez. Pero Aquel que empezó la buena obra, es siempre fiel en continuarla. En Diciembre del año 2002 invitamos a Gabriel Rinaudo a predicar un Retiro de Sanación Interior con María en nuestra comunidad. Era el mismo joven que había predicado sobre el amor de Dios en Arredondo y sus prédicas habían sido un instrumento para llevarnos hasta el Padre, tanto a mí como a otros hermanitos servidores de mi comunidad. Durante el retiro me sentí muy identificada con el testimonio de un chico que había sido rechazado en el vientre de su mamá. Mi corazón se quedó un poco inquieto pero la misma timidez fue impedimento para que me animara a contarle a Gabriel. Dios sabe cómo hace las cosas y siempre nos tiende una trampa de amor para que caigamos en sus brazos. Una vez terminado el retiro invitamos a Gabriel a compartir el almuerzo con los servidores de la comunidad. Charlando sobre nuestras vidas Gabriel me preguntó si conocía el origen de mi timidez, instantáneamente mi corazón se quebrantó y comencé a llorar como no lo había hecho nunca. Todos comenzaron a orar por mí y descubrí a la raíz de mi personalidad y de los pecados en los que continuamente caía y a los cuales me resultaba casi imposible renunciar. Cuando mi mamá estaba embarazada de mí, tanto ella, como mi abuela y mi prima, habían deseado mucho un varoncito. Ese deseo fue recibido por mí como un rechazo a mi ser entero y en especial a mi condición de mujer. Desde ese momento preferí no ser, no existir, no nacer, mi parto se complicó y nací por cesárea. Ese rechazo siempre condicionó mi vida. Prefería pasar desapercibida y cada vez era más aguda mi timidez. Continuamente caía en la pereza, el desgano y la depresión; no podía vivir plenamente la vida y me destruía cada vez más, a través de la bulimia y el pecado de la gula, para ocultar mi feminidad: siempre me costaba relacionarme con personas del sexo opuesto. En ese momento de gracia, Jesús me mostró la raíz de mis pecados y todavía hoy sigo haciendo una oración de fidelidad para que Dios sane ese momento traumático. Si bien allí comencé un proceso de sanación profunda sentí por primera vez que era plenamente libre, podía respirar profundamente y sentir que mi corazón se regocijaba en el Señor sin nada que lo atara o lo alejara de Él. Doy gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y sólo le pido a la Santísima Trinidad que nunca me aleje del plan que Dios tiene para mi vida. Soy testigo de que sólo Dios hace al hombre feliz y plenamente libre. María Eugenia |