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La
paz y tranquilidad que se respira aquí, en este rincón de
las sierras, lejos del mundanal ruido, nos permiten ver las cosas con
un poco más de claridad y de paso poder recorrer el camino ya
transitado en estos años vividos.
Es la tentación que sentimos cuando escalamos un monte, de parar
un rato y, con la excusa de contemplar el paisaje aprovechamos a recuperar
el aliento. Mirar hacia abajo y reconocer el sendero con sus curvas y
contra curvas, subidas y bajadas y mirar hacia arriba para apreciar cuánto
nos falta aún.
Hace un tiempo que me revolotea por la mollera una idea y quiero compartirla
contigo para que me digas si te pasa lo mismo, y es eso de ver que seguimos
haciendo muchas cosas, aun en la vida espiritual, por costumbre.
Bien dice el refrán que a caballo viejo le cuesta cambiar el tranco.
En física a este fenómeno lo llaman: Inercia,
y se explica más o menos así: Todo cuerpo en movimiento,
tiende a seguir en movimiento hasta que otra fuerza lo detenga. Por esta
vez, esta lección de física es gratis.
¿Estás de acuerdo conmigo, en que a veces somos animales
de costumbre, sin ofender a los animales? La rutina, la costumbre nos
hacen accionar como borregos que van adonde va le gente.
Esta rutina herrumbra, oxida, opaca casi todos los quehaceres de la vida
cotidiana, aun nuestras relaciones matrimoniales, nuestras amistades,
nuestra vida religiosa y las prácticas piadosas.
Quisiera detenerme en un hecho dominical que tal vez, quien sabe, a lo
mejor, se nos ha convertido en rutinario: “oír misa”.
Cada vez que entro a un templo, luego de saludar al Señor que nos
está esperando con tanto amor, siento curiosidad por saber qué
está pasando por esas cabecitas que han venido a “oír
misa”.
Cuántas de ellas tienen alguna idea de lo que va suceder en el
altar y para qué. No es mi intención juzgar a nadie, pero
siento mucha pena cuando veo que alguien no tiene idea de lo que vino
a hacer al concurrir al templo para “oír misa”. Tampoco
noto mucha preocupación por explicarle a los fieles lo que va a
suceder. Se da por sabido que si viene a misa, ya sabe lo que es y que
es ella la que traerá la ofrenda para que por medio del celebrante
se convierta en ofrenda grata a Dios.
Es lógico entonces que un acto tan sublime que une el cielo y la
tierra, que extasía a los ángeles y toda la corte celestial,
donde cada uno de nosotros somos participantes activos por que cada uno
trae su ofrenda, su regalo de pan y vino, o en su lugar, trae el dinero,
fruto de su trabajo, para que por medio del sacerdote celebrante, sea
transformado, transustanciado, en el regalo más agradable a nuestro
Padre Dios, se realice sin que nos demos cuenta.
En ese momento que decimos: “Por Él, con Él y en Él,
a ti Dios Padre, en unidad con el Espíritu santo, todo
honor y toda gloria…” el celebrante levanta en un
gesto de ofrecimiento mi regalo, mi ofrenda, que yo traje, fruto de la
tierra y del trabajo del hombre que ahora es el Cuerpo y la sangre de
Cristo y que como yo soy parte de su cuerpo místico, también
estoy ahí con Él en esa Hostia Santa y ese Cáliz.
Si entendemos esto que está sucediendo sobre el altar, me resultará
fácil entender que ya no voy a decir: vengo a oír
misa sino que vengo a participar y ofrecer por
medio del Celebrante, mi regalo dominical a mi Padre celestial. No es
mero juego de palabras, sino una actitud libre, consciente y madura por
medio de la cual reconozco a mi Dios y Señor como digno de todo
Honor y alabanza.
En el antiguo Testamento, cuando se quería ofrecer a Dios un sacrificio,
cada uno traía un corderito de su majada y si no lo tenía,
acudía al los mercaderes del Templo y con su dinero lo compraba
y hacía la ofrenda por medio del Sumo Sacerdote. Hoy tendríamos
que traer el pan y el vino, pero como esto crearía mucho engorro
y no sería práctico, nuestra madre la Iglesia se encarga
de proveer el pan y el vino, pero nosotros debemos traer el fruto de
nuestro trabajo, nuestro dinero para contribuir a la compra de esos elementos.
Lógicamente debemos contribuir al mantenimiento del culto porque
el que sirve al altar debe vivir del altar.
Este es el sentido de la “colecta” que se realiza en el momento
del ofertorio. Es una manifestación concreta de mi agradecimiento
a mi Padre celestial que me provee en cada minuto lo que necesitamos para
vivir. Repito, no deseo ofender a nadie, pero ¿tomamos conciencia
de lo que hacemos, cuando depositamos en esa bolsita o canastita mi “ofrenda
a Dios Padre”? No digamos, para disculparnos, que Jesús alabó
a esa viejita que puso dos moneditas de cinco centavos, porque ella puso
todo lo que tenía. Ya sé muy bien que en
los tiempos que corren no son abundantes los dinerillos que tintinean
en nuestros bolsillos, pero recordemos que Dios nunca se va a dejar ganar
en generosidad y te va a devolver el ciento por uno de lo que tú
le das. Aprendé a ser buen negociante y aprovechá el altísimo
interés que el Banquero celestial te está ofertando. Hacé
la prueba y dale generosamente tu ofrenda al Señor que es muy rico
en dádivas, que es el dueño del cielo y de la tierra. “Póngame
a prueba, dice el Señor…” (Ml 3, 10.).
Entonces está bien que digamos vine a oír misa, pero sólo
si me quedo en la primera parte, donde se leen pasajes de la Biblia y
se los comenta y explica. Ahí sí que debemos abrir bien
los oídos y atender qué nos están enseñando.
Pero en la segunda parte comienza la liturgia Eucarística. Aquí
dejamos de ser oyentes y nos convertimos en PARTICIPANTES.
Somos cada uno de nosotros los que debemos traer nuestra ofrenda de pan
y vino. Ya no es el corderito del antiguo testamento, ya no quiere Dios
que le ofrezcamos la vida de animales, sino como leemos en Hebreos 10,
5: “Tú no has querido sacrificio; en cambio me has dado un
cuerpo”.
Pero si el celebrante lo hace todo él y yo ni siquiera presto atención
a lo que dice o hace, ¿qué puedo hacer yo? ¿Cómo
es eso de ser participante activo?
Si la misa es la renovación incruenta del sacrificio de Cristo
en la Cruz, porque Cristo es el cordero de Dios que quita el pecado del
mundo, prestemos atención a lo que se realiza sobre el altar. ¿Nunca
te preguntaste por qué Jesús usó pan y vino? Al
consagrar el pan, todo él se transustancia (cambia su sustancia
de pan por el cuerpo de Cristo) y solo quedan los accidentes, como color,
sabor … pero la sustancia ya no es pan sino el cuerpo, sangre,
alma y divinidad de Cristo. Pero a continuación se consagra vino,
tal como lo hizo Jesús en la última cena. ¿Qué
sentido tiene si ya Jesús está todo Él en eso que
fue pan? Tiene el sentido simbólico de recordarnos su muerte. Al
estar el cuerpo y la sangre “separados” se recuerda su muerte
porque el cuerpo sin sangre está muerto. Cristo derramó
toda su sangre en la Cruz, murió. Estamos renovando el sacrificio
de Cristo en la Cruz y lo simbolizamos mostrando el cuerpo en lo que fue
pan y su sangre en lo que fue vino, aunque está todo Él
en cada elemento. Por eso, un poquito antes de repartir la comunión,
el celebrante deposita un trocito de lo que fue pan dentro del cáliz
donde está su sangre, para simbolizar la resurrección de
Jesús, al juntarse su cuerpo y su sangre. Cristo murió una
sola vez, pero nos mandó recordarlo siempre.
Este tema es muy profundo y maravilloso, pero no es éste el momento
para exponerlo en profundidad. Sólo pretendo dejar entrever un
poquito este misterio eucarístico.
Claro que si nadie nos explica estas cosas, o si lo hicieron, pero nosotros
lo olvidamos, estamos realizando rituales y gestos que se vaciaron de
contenido y lo seguimos haciendo por rutina, por costumbre, porque todos
lo hacen así.
Una cosa que me llamó poderosamente la atención cuando
conocí la Renovación carismática, fue el hecho de
que se reavivaran los Sacramentos, que recuperaran su brillo y su contenido.
Es como darnos cuenta de lo que estamos haciendo y la inmensa riqueza
que nos ofrecen los sacramentos cuando los entendemos y aceptamos para
que informen y nos den vida nueva y en abundancia. Es como volver a vivir.
Despertemos de esta somnolencia que nos hace actuar como autómatas
y por costumbre, porque todos lo hacen así y yo voy como sonámbulo
desperdiciando tanta abundancia de gracias y de amor como quiere derramar
Cristo en nosotros por medio de los sacramentos.
De corazón pidámosle al Padre, que por los méritos
de Cristo, derrame su Santo Espíritu sobre estos huesos secos
y tengamos vida nueva y en abundancia.
José “Gringo” Menapace
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