Quisiera compartir hoy un aspecto que es esencial en la Renovación Carismática: el aspecto interior que nos produce el cambio personal que nos permite decir: Estoy renovándome; esta comunidad se está renovando.
Tal vez nos acostumbramos a valorar la Renovación por la cantidad de grupos de oración o de seminarios de vida, retiros de sanación interior, generacional o física, por la cantidad de personas que acuden a las misas para carismáticos o los grandes eventos que realiza.
Todos estas manifestaciones son válidas y casi diríamos frutos de esta renovación que da nueva vida, que como su nombre lo indica renueva algo que ya existe pero que se reaviva.
Pero ¿cuál es la esencia, la razón de ser de esta gracia que pasa, de este Pentecostés hoy? Cuando miramos un árbol lleno de flores intuimos que debe tener muy buenas raíces bien alimentadas, aunque no las veamos. Los frutos de este árbol siempre dependerán de sus raíces y si a la vista se ven maravillosos, es porque hay algo que no se ve: está sano y vigoroso como para dar vida y esplendor a todo esto que se ve.
Todo su tronco, sus ramas, sus hojas, sus flores y frutos están alimentados por la savia que se produce en sus raíces. Repito una vez más, todo lo exterior es fruto de algo interior que le da vida.
Somos testigos de cuantas comunidades han florecido y han dado fruto abundante, se han llenado de vida nueva. ¿Cuál es la causa de este fenómeno?
En el árbol sabemos que fue su savia abundante y rica y en esta nueva primavera de la Iglesia sabemos que es la presencia del Espíritu Santo aceptado en forma consciente, madura y libre. Él dio vida nueva a aquellos huesos secos y a él clamamos diciéndole: Ven Espíritu Santo y renovarás la faz de la tierra.
Imagino, por un momento, una comunidad donde sólo se cumplen mandamientos a medio entender, donde no hay amor porque cada uno “atiende su juego”; cada uno vive y deja vivir. Pero, de pronto, un día, alguien descubre que Dios es Amor y que lo ama personalmente y que ése que está a su lado también es amado como él mismo y comienza a revivir una relación de amor como disponibilidad para el servicio al otro. Esa comunidad comienza a tomar conciencia de que son hermanos, hijos del mismo Padre. La comunidad cambia, comienza a florecer en actos de caridad, y reina una alegría nueva. Una vida nueva.
El día de Pentecostés estaban esos discípulos reunidos y en oración, con las puertas bien cerradas por temor, y de pronto se derramó sobre ellos el amor de Dios, el Espíritu Santo. Cristo pagó nuestra deuda y devolvió la gloria a Dios con su acto de obediencia perfecta. Nos lavó del pecado y nos presentó ante su Padre como criaturas nuevas y limpitas y entonces el Padre nos devolvió todo su amor, su Espíritu Santo.
El amor de Dios, el Espíritu Santo, es esa savia que recorre todo este árbol que es su Iglesia y le da vida nueva y le permite cubrirse de flores de alabanzas y dar frutos de amor.
Pero no olvidemos que dijimos que la savia se forma en las raíces y desde allí suben hasta la última ramita. El Espíritu Santo podría trabajar sin nosotros, pero en la economía divina ha querido obrar a través nuestro, o sea, en nosotros y con nosotros. Quiere que demos frutos y frutos en abundancia. Nos quiere testigos de su obra.
El Señor nos dijo que si la semilla no es enterrada y muere, no dará fruto. También nos dijo que nuestro hombre viejo debe ceder paso al hombre nuevo. Hay una canción que nos recuerda: «Conviene que Cristo crezca… y que disminuya yo.
La mayor dificultad para crecer en la santificación, o sea en ese ir transformándonos en “otro Cristo” no son los otros sino yo mismo, mi yo endiosado. Por eso decimos que mi “yo” debe desaparecer como la raíz de los árboles. Si ven mi yo o estoy muy afuera, mala señal para la planta. Si mi yo aflora, y la comunidad lo percibe, se pudre todo. A todos nos choca cuando tenemos que tratar con alguien muy “yo”.
Esta raíz, que soy yo, debe estar bien nutrida. Hay unos fertilizantes muy buenos que se llaman sacramentos, reconciliación frecuente, eucaristía diaria, lectura de la Palabra, diálogo permanente con Jesús , lectura de libros y artículos que los hay en abundancia, escuelas de formación, etc. Si no asimilamos toda esta riqueza que el Señor nos provee y en abundancia, seremos raíces raquíticas y ya sabemos qué le sucederá a esa planta.
La Renovación Carismática dará mucho fruto si yo me santifico, si yo me dejo transformar en otro Cristo. Todo lo exterior nos ayuda pero no puede suplir mi conversión personal. Las manifestaciones externas tienen sentido si brotan del corazón. Mientras mi “yo” no cambie, no se convierta, o sea, no se produzca la metanoia o cambio de criterios, cambio de principios, seremos loros parlanchines, bochincheros y ruidosos.
El crecimiento de la Renovación siempre se medirá por los frutos personales, por eso los servidores deben tener ideas claras y firmes sobre esto. No se trata de hacer y hacer, sino de profundizar nuestras raíces en esa tierra fértil y riquísima de la gracia que Dios Padre, por los méritos de Cristo nos da en el Espíritu Santo.
Cuidado con quedarnos en el puro folklore. Por experiencia personal sabemos que desagradable es cuando los esposos nos decimos por compromiso: Te quiero, pero intuimos que es sólo de la boca para fuera.
Si queremos una Renovación colmada de flores que agrade al Señor y que se conviertan en apetitosos y abundantes frutos, cuidemos mucho las raíces que somos nosotros y que cuanto menos nos vean mejor, y tendremos más tiempo para nutrirnos.
La Renovación es una gracia especial que pasa dando vida nueva y esplendor donde se la acepta.
José “Gringo” Menapace